Myanmar/Birmania

Desde agosto del año pasado, Birmania es accesible al viajero occidental por tierra. Todo es parte de un proceso de apertura que puso fin a una era en que Birmania estaba tan aislada como Corea del Norte. Hay cuatro puestos fronterizos con Tailandia, uno en Mae Sot a unas 6 horas de Chiangmai. Nos parece una opción muchísimo más atractiva que un vuelo de bajo coste desde Bangkok.

El autocar nos deja a las 7 de la tarde en la frontera, cerrada a cal y canto hasta la mañana siguiente. Encontramos un hotel de poca gracia en Mae Sot y una pizzería sorprendentemente pasable. A la mañana siguiente, con el sol aún bajo el horizonte, volvemos a presentarnos en la frontera. Nos ponen el cuño de salida de Tailandia y cruzamos a pie el puente de la amistad que une los dos países. Pasamos el control birmano y llegamos al pueblo de Myawaddy. Nuestro destino es Hpa An, a unos 100km de Myawaddy. Desafortunadamente, la carretera que une los dos pueblos está en un estado ruinoso, sin asfaltar, estrecha, y con caídas vertiginosas. En un intento de mejorar las estadísticas de accidentes viales, el gobierno local ha ordenado que el tráfico fluya sólo en una dirección. Hacia Myawaddy en los días pares y hacia Hpa An en días impares. Mala suerte. Hoy es día par y no vamos a ningún sitio. Las posibilidades de entretenimiento en Myawaddy son limitadas. Respiramos hondo….libro, cena, cerveza, cama. Pasan 24 horas lentamente. La mañana siguiente, a la espera de un coche compartido a Hpa An, calculamos que en las 36 horas previas de viaje hemos cubierto unos 800 metros. ¡Un récord incluso para Myanmar!

Myanmar, el nombre pre colonial de Birmania, resucitado por la junta militar a final del siglo pasado en un brote de orgullo nacionalista. Mi madre nació aquí en 1937, en Rangún, la entonces capital (los mismas canallas nacionalistas han rebautizado esta ciudad Yangon y trasladado la capital a Naypyidaw, una ciudad fantasma rodeada de campamentos militares en la provincia de Mandalay). Su padre era birmano (mi abuelo) y su madre (mi abuela) medio mon, medio inglesa. El padre de mi abuela, es decir, mi bisabuelo, era juez en Birmania en los últimos años del imperio británico. La historia de amor entre mi bisabuelo y una nativa, Ma Khin Hnyaw, su futura mujer, es cosa de novelas rosas, pero lo cuento en otro momento…
Poco recuerda mi madre de la Birmania de su infancia. La llegada de las tropas niponas al principios del ’42 provocó la salida a todo correr de los altos cargos británicos. En el caso de mi bisabuelo y su familia, la vecina India les ofreció refugio. Así que mi madre pasó los años de la guerra en un colegio de monjas irlandesas en Shimla. Con la victoria de los aliados, llegó la independencia de la India y Birmania, y mi abuela, casada ahora en segundas nupcias con un inglés, llevó a su joven familia a Inglaterra. (Para los lectores a los que no les gustan los cabos sueltos, el primer marido de mi abuela volvió a Birmania y a su trabajo en la universidad de Rangún).
La fascinación que siempre he tenido por conocer Birmania viene de mi abuela, una gran contadora de relatos. En el primer viaje que hice aquí hace siete años me sorprendió reconocer la insoportable humedad de la capital, el olor a balaechaung y durián de sus mercados, los gritos de los vendedores callejeros, las mujeres con la cara sonriente pintada con thaneka, los hombres masticando betel con sus dientes destrozados…  ya había visto estas escenas en mis sueños de niño.
En este corto viaje salimos de la ruta típica de los viajeros para visitar el estado Mon y su capital Moulmein, una ciudad que creció durante los años coloniales enriqueciéndose a base de la exportación de teca a todo el mundo.
Nuestra primera parada es Hpa An, y estamos ilusionados. Una pareja de mochileros que han estado dos meses viajando por Birmania nos cuentan que es el pueblo que más les ha gustado en todo el viaje.

Nos cuesta llegar. La carretera desde Myawaddy es incluso peor de lo que esperábamos.

El chófer nos cuenta, entre bocados de betel, que muchos coches acaban precipitándose por los bordes de la carretera. “Allí abajo hay serpientes así de grandes” -nos dice quitando las manos del volante y separándolas unos 50 centímetros con las palmas curvadas para indicarnos que se refiere no al largo de la pitón (que nos espera con toda seguridad abajo), ¡sino al ancho!

Quedamos maravillados por los vehículos que consiguen llevar a cabo nuestra ruta. Desde mi última visita la economía de Birmania ha crecido notablemente, y hay una abundancia de nuevos vehículos japoneses. Pero siguen existiendo estos ruinosos coches destartalados, que parecen un somier de hierro con cuatro ruedas y un motor al aire. Transportan cajas de contrabando de la vecina Tailandia apiladas hasta alcanzar una altura vertiginosa. Y encima de las cajas, una familia. ¡Y la familia cocinando!

Con la habilidad de un equilibrista, los chóferes de estos vehículos llevan su absurda carga tambaleante sobre baches que yo no me atrevería a cruzar ni siquiera en un cuatro por cuatro. En una esquina paramos para echar agua en el motor y los frenos del coche que se han sobrecalentado. Nos pasa un tráiler, procedente de Tailandia cargado con un vehículo cubierto con una funda. El aire levanta la funda y por un momento veo la parte frontal de un nuevo Rolls-Royce. Surgen preguntas incómodas sobre el cambio en este país tan poco desarrollado en estas zonas rurales.

Llegamos a media tarde a Hpa An y encontramos un hotel horroroso, pero el único del pueblo con una habitación libre. No hay ventanas ni agua caliente pero el hotel se salva por la vista desde la terraza. La mañana siguiente disfrutamos de un desayuno de arroz con huevo frito y té birmano, dos veces dulce, con leche condensada y azúcar.

Quedamos atónitos ante una ligera neblina que se levanta para desvelar campos verdes de arroz, casas de teca levantadas sobre pilones, barcos vagando por el río Than Iwin, y montes de granito coronados con pagodas doradas.

Nos juntamos de nuevo con Nicolás, un milanés encantador que habíamos conocido en Myawaddy, y organizamos una visita guiada por los alrededores de Hpa An.

No esperábamos tanto de este pueblo con tan poca infraestructura turística. La visita nos lleva a unas cuevas del siglo 15th llenas de estatuas de budas. Una de las cuevas profundiza en el corazón de la montaña.

Seguimos la linterna de nuestro guía, que desvela una estalagmita enorme con un pequeño hueco por el que pasamos. Una cueva dentro de una cueva. Solo una vez dentro, nos cuenta para qué nos hemos metido en este espacio claustrofóbico, húmedo y caluroso. La luz de la linterna Ilumina las paredes y vemos que estamos rodeados de arañas del tamaño de la palma de mi mano. “Viudas blancas”, nos dice. “Su veneno puede matar un elefante”.

Salgo sin esperar la sesión de preguntas. La cueva desemboca en una salida lateral con una vista preciosa sobre arrozales. Aquí el clima permite cuatro cosechas al año, y se pueden ver todos los ciclos vegetativos del arroz creciendo codo con codo. Unos barcos nos esperan y nos llevan por los canales de irrigación en un paseo silencioso lleno de todos los verdes imaginables. Memorable. Subimos de nuevo a nuestra camioneta y volvemos al pueblo atravesando caminos de barro. De cada casa salen decenas de niños descalzos corriendo detrás de nosotros gritando: “Mingalaba! Where are you going? What is your name?”.

Como suele ocurrir cuando uno viaja, en 24 horas nos hemos hecho inseparables de nuestros compañeros de viaje. Cenamos juntos en un restaurante de Hpa An. Es un banquete: anguila frita con coliflor, pollo con setas y coliflor, verduras en salsa de ostras con coliflor. Ahora me acuerdo de los camiones que habíamos visto por la mañana descargando suficientes coliflores para abastecer a un país entero. Acompañamos la cena con cerveza Myanmar y, cuando las reservas del restaurante se agotan, pasamos al bar de enfrente para seguir bebiendo allí. Nos despedimos de nuestros amigos con abrazos y promesas de estar en contactos y volvemos a nuestro armario de habitación, donde dormimos como lirones.

Salimos el día siguiente con destino a Moulmein. Es un viaje en barco por las plácidas aguas del Than Iwin. El barco es un plafón de madera con unas sillas de plástico encima. Una hoja de plástico nos protege del sol. Pero el río es como un espejo y consigo ponerme de pie en la proa. Sin nada que se interponga entre mí y el agua, me siento como Hanuman, flotando en mi nube sobre campos de arroz y maicena, entre pagodas y búfalos. Las horas pasan, el sol empieza a bajar hacia el horizonte, y de repente aparece el puente de hierro sobre el Than Iwin que señaliza nuestra llegada a Moulmein. No puedo evitar sentir cierta emoción al llegar a esta ciudad donde nació mi bisabuela hace 120 años. La imagino un siglo antes mirando al río desde la gran pagoda, quizás fumando un cheroot, y pensando….

Moulmein hoy destaca por su decadencia. Es una ciudad sucia. No parece existir un sistema de recogida de basuras y los vecinos tiran sus residuos en bolsas de plástico directamente al río. Tendrán otras prioridades, por supuesto, pero no puedo evitar pensar que están haciendo un flaco favor a los intentos de desarrollar el turismo. Hay muchos edificios coloniales. Una iglesia anglicana que si no fuera por su estado de abandono no quedaría fuera de lugar en un pueblo del campo inglés. Nuestro hotel también es un viejo establecimiento colonial en el barrio de Kyauk Tan. Curiosamente, este es el nombre de mi tatarabuelo, un mercante chino que procedía del estrecho de Malacca, y no puedo evitar pensar que a lo mejor el ayuntamiento puso su nombre como homenaje a un hijo predilecto. O quizás es un nombre muy común. Las habitaciones del hotel  impresionan por sus enormes dimensiones, suelos de mármol, puertas de madera talladas y un olor a moho que impregna todo.

La ciudad no ofrece grandes posibilidades al turista y, paseando al lado del río, nos alegra mucho volver a encontrarnos con Nicolás. Cenamos juntos al mar. Nicolás quiere probar la típica comida callejera de Birmania, una especie de fondue con una olla caliente donde se meten pinchos de despojos de cerdo. No es para mí, y opto por un pescado, tan frito que uno puede (y debe) comerse la carne, las espinas y la cabeza. Las ciudades provinciales de Birmania carecen de iluminación callejera, y bajo las estrellas, con la desembocadura del Than Iwin de fondo, nos fijamos en un grupo de travestis en la mesa de al lado que nos invitan con sus ojos. Les sonreímos, agradecidos por la atención, y se ríen entre ellas. Nicolás nos cuenta como un joven birmano le había preguntado unas horas antes si le gustaba “el sexy” y malinterpretando los gustos de este cosmopolita pero indudablemente heterosexual italiano, había ofrecido ser su novia para una noche.  Da la impresión que Moulmein es una ciudad decadente pero permisiva, demacrada pero orgullosa. La Habana de Asia.

Nuestra última parada en Birmania es Rangún y llegamos allí desde Moulmein en un autobús del año del catapum. Paso seis horas en un asiento roto, el tapizado de terciopelo impregnado de escupitajos de betel, medio reclinado con las piernas encima de cajas de cerveza.

Nos aseguraron que era un autobús Vip, supongo que para justificar el precio. Por lo que hemos visto en la carretera, no dudo que para muchos birmanos sea un vehículo de lujo, con cristales en las ventanas y una puerta que cierra.

En un descanso en el camino, vuelvo a experimentar con la comida de carretera. Puedo con el curry de pollo, aunque de carne sólo encuentro órganos, la cresta y algún conducto con aros de cartílago. Me pregunto qué pasa con la carne del ave, y la imagen de los supermercados occidentales llenos de bandejas con cuartos traseros y pechugas hace la respuesta tan incómoda como evidente. El arroz blanco se vuelve interesante gracias a una cucharada de balaucheung, una pasta de gambas fermentada con ajo y guindilla, una de las favoritas de mi padre. Al masticarlas, las espinas de pescado disecadas son sabrosas y saladas. Lo único que me revuelve el estómago es un curry sin identificar cuyo sabor se encuentra a medio camino entre el de un cadáver y el de una cloaca. Creo que ha sido un problema de conservación más que una especialidad del cocinero, y escupir a tiempo me salva de daños mayores.

Entramos en los suburbios de Rangún y me quedo boquiabierto. La ciudad ha cambiado tanto en sólo siete años: torres de pisos de lujo dominan el skyline y las carreteras elevadas de tres carriles te llevan directamente al centro de la ciudad. La ciudad está llena de coches nuevos. El Rolls-Royce de Hpa An no quedaría fuera de lugar aquí. Hay obras en todas partes. Me da la impresión de que en pocos años esta ciudad va a ser como Bangkok.

Mike, el taxista nos habla en un inglés perfecto de la velocidad de los cambios y la corrupción endémica. Habla de Aung San Su Kyi y de la reticencia de los militares a ceder poder. Presumo de una tenue conexión a Aung San, el padre de Daw Suu Kyi. Aung San era un alumno rebelde de mi abuelo en los años treinta. Fue el artífice de alianzas con los japoneses y los ingleses y lideró el país hasta las puertas de la independencia antes de ser asesinado en circunstancias aún sin esclarecer. Llegamos a nuestro hotel y Mike se pone a nuestra entera disposición, pero como solo nos queda una noche aquí, le contratamos únicamente para llevarnos al aeropuerto la mañana siguiente.

El objetivo real en venir a Rangún es para ver de nuevo la pagoda de Schwedagon, construida hace más de dos milenios para dar cobijo a cuatro reliquias de los budas. Es uno de los edificios religiosos más impresionantes del mundo. Mide 100 metros y su cúpula está cubierta por toneladas de oro. Una pieza de orfebrería de 1800 quilates de diamantes coronar la estructura. Llegamos al Shwedagon de noche. Iluminado es la mejor manera de verlo. Elegimos la entrada del norte y subimos a la explanada con ayuda de una escalera mecánica, una concesión al progreso poco atractiva. Pasamos horas hipnotizados bajo tan impresionante obra. Como manda la tradición, buscamos los budas que nos corresponden por nuestros días de nacimiento, yo el dragón del martes, Loren la serpiente del sábado. Echo agua de más por mi abuela, también nacida un martes. A buen seguro, ella estuvo aquí. ¿Cuándo? ¿En qué circunstancias? Vuelvo a echarla muchísimo de menos.

El ruido de nuestros estómagos nos despierta del trance que induce el Schwedagon, y bajamos de nuevo al nivel de la calle. Encontramos un restaurante maravilloso en una antigua casa de teca y, sentados en el jardín, disfrutamos de una magnífica cena: pollo al estilo Mon con tamarindo, lentejas con cúrcuma fresca, un guiso de garbanzos y verduras y una ensalada de flor de plátano. Es una agradable sorpresa la botella de Mountain Estate Shiraz Tempranillo de la región de Shan, cerca del lago de Inle. Después de cenar, pasamos por las calles de la zona diplomática de Rangún hacia nuestro hotel y, aun sabiendo que no es así, sentimos que todo sucede para bien en este, el mejor de los mundos posibles.

Stephen Anderson

Desde agosto del año pasado, Birmania es accesible al viajero occidental por tierra. Todo es parte de un proceso de apertura que puso fin a una era en que Birmania estaba tan aislada como Corea del Norte. Hay cuatro puestos fronterizos con Tailandia, uno en Mae Sot a unas 6 horas de Chiangmai. Nos parece una opción muchísimo más atractiva que un vuelo de bajo coste desde Bangkok.

El autocar nos deja a las 7 de la tarde en la frontera, cerrada a cal y canto hasta la mañana siguiente. Encontramos un hotel de poca gracia en Mae Sot y una pizzería sorprendentemente pasable. A la mañana siguiente, con el sol aún bajo el horizonte, volvemos a presentarnos en la frontera. Nos ponen el cuño de salida de Tailandia y cruzamos a pie el puente de la amistad que une los dos países. Pasamos el control birmano y llegamos al pueblo de Myawaddy. Nuestro destino es Hpa An, a unos 100km de Myawaddy. Desafortunadamente, la carretera que une los dos pueblos está en un estado ruinoso, sin asfaltar, estrecha, y con caídas vertiginosas. En un intento de mejorar las estadísticas de accidentes viales, el gobierno local ha ordenado que el tráfico fluya sólo en una dirección. Hacia Myawaddy en los días pares y hacia Hpa An en días impares. Mala suerte. Hoy es día par y no vamos a ningún sitio. Las posibilidades de entretenimiento en Myawaddy son limitadas. Respiramos hondo….libro, cena, cerveza, cama. Pasan 24 horas lentamente. La mañana siguiente, a la espera de un coche compartido a Hpa An, calculamos que en las 36 horas previas de viaje hemos cubierto unos 800 metros. ¡Un récord incluso para Myanmar!

Myanmar, el nombre pre colonial de Birmania, resucitado por la junta militar a final del siglo pasado en un brote de orgullo nacionalista. Mi madre nació aquí en 1937, en Rangún, la entonces capital (los mismas canallas nacionalistas han rebautizado esta ciudad Yangon y trasladado la capital a Naypyidaw, una ciudad fantasma rodeada de campamentos militares en la provincia de Mandalay). Su padre era birmano (mi abuelo) y su madre (mi abuela) medio mon, medio inglesa. El padre de mi abuela, es decir, mi bisabuelo, era juez en Birmania en los últimos años del imperio británico. La historia de amor entre mi bisabuelo y una nativa, Ma Khin Hnyaw, su futura mujer, es cosa de novelas rosas, pero lo cuento en otro momento…
Poco recuerda mi madre de la Birmania de su infancia. La llegada de las tropas niponas al principios del ’42 provocó la salida a todo correr de los altos cargos británicos. En el caso de mi bisabuelo y su familia, la vecina India les ofreció refugio. Así que mi madre pasó los años de la guerra en un colegio de monjas irlandesas en Shimla. Con la victoria de los aliados, llegó la independencia de la India y Birmania, y mi abuela, casada ahora en segundas nupcias con un inglés, llevó a su joven familia a Inglaterra. (Para los lectores a los que no les gustan los cabos sueltos, el primer marido de mi abuela volvió a Birmania y a su trabajo en la universidad de Rangún).
La fascinación que siempre he tenido por conocer Birmania viene de mi abuela, una gran contadora de relatos. En el primer viaje que hice aquí hace siete años me sorprendió reconocer la insoportable humedad de la capital, el olor a balaechaung y durián de sus mercados, los gritos de los vendedores callejeros, las mujeres con la cara sonriente pintada con thaneka, los hombres masticando betel con sus dientes destrozados…  ya había visto estas escenas en mis sueños de niño.
En este corto viaje salimos de la ruta típica de los viajeros para visitar el estado Mon y su capital Moulmein, una ciudad que creció durante los años coloniales enriqueciéndose a base de la exportación de teca a todo el mundo.
Nuestra primera parada es Hpa An, y estamos ilusionados. Una pareja de mochileros que han estado dos meses viajando por Birmania nos cuentan que es el pueblo que más les ha gustado en todo el viaje.

Nos cuesta llegar. La carretera desde Myawaddy es incluso peor de lo que esperábamos.

El chófer nos cuenta, entre bocados de betel, que muchos coches acaban precipitándose por los bordes de la carretera. “Allí abajo hay serpientes así de grandes” -nos dice quitando las manos del volante y separándolas unos 50 centímetros con las palmas curvadas para indicarnos que se refiere no al largo de la pitón (que nos espera con toda seguridad abajo), ¡sino al ancho!

Quedamos maravillados por los vehículos que consiguen llevar a cabo nuestra ruta. Desde mi última visita la economía de Birmania ha crecido notablemente, y hay una abundancia de nuevos vehículos japoneses. Pero siguen existiendo estos ruinosos coches destartalados, que parecen un somier de hierro con cuatro ruedas y un motor al aire. Transportan cajas de contrabando de la vecina Tailandia apiladas hasta alcanzar una altura vertiginosa. Y encima de las cajas, una familia. ¡Y la familia cocinando!

Con la habilidad de un equilibrista, los chóferes de estos vehículos llevan su absurda carga tambaleante sobre baches que yo no me atrevería a cruzar ni siquiera en un cuatro por cuatro. En una esquina paramos para echar agua en el motor y los frenos del coche que se han sobrecalentado. Nos pasa un tráiler, procedente de Tailandia cargado con un vehículo cubierto con una funda. El aire levanta la funda y por un momento veo la parte frontal de un nuevo Rolls-Royce. Surgen preguntas incómodas sobre el cambio en este país tan poco desarrollado en estas zonas rurales.

Llegamos a media tarde a Hpa An y encontramos un hotel horroroso, pero el único del pueblo con una habitación libre. No hay ventanas ni agua caliente pero el hotel se salva por la vista desde la terraza. La mañana siguiente disfrutamos de un desayuno de arroz con huevo frito y té birmano, dos veces dulce, con leche condensada y azúcar.

Quedamos atónitos ante una ligera neblina que se levanta para desvelar campos verdes de arroz, casas de teca levantadas sobre pilones, barcos vagando por el río Than Iwin, y montes de granito coronados con pagodas doradas.

Nos juntamos de nuevo con Nicolás, un milanés encantador que habíamos conocido en Myawaddy, y organizamos una visita guiada por los alrededores de Hpa An.

No esperábamos tanto de este pueblo con tan poca infraestructura turística. La visita nos lleva a unas cuevas del siglo 15th llenas de estatuas de budas. Una de las cuevas profundiza en el corazón de la montaña.

Seguimos la linterna de nuestro guía, que desvela una estalagmita enorme con un pequeño hueco por el que pasamos. Una cueva dentro de una cueva. Solo una vez dentro, nos cuenta para qué nos hemos metido en este espacio claustrofóbico, húmedo y caluroso. La luz de la linterna Ilumina las paredes y vemos que estamos rodeados de arañas del tamaño de la palma de mi mano. “Viudas blancas”, nos dice. “Su veneno puede matar un elefante”.

Salgo sin esperar la sesión de preguntas. La cueva desemboca en una salida lateral con una vista preciosa sobre arrozales. Aquí el clima permite cuatro cosechas al año, y se pueden ver todos los ciclos vegetativos del arroz creciendo codo con codo. Unos barcos nos esperan y nos llevan por los canales de irrigación en un paseo silencioso lleno de todos los verdes imaginables. Memorable. Subimos de nuevo a nuestra camioneta y volvemos al pueblo atravesando caminos de barro. De cada casa salen decenas de niños descalzos corriendo detrás de nosotros gritando: “Mingalaba! Where are you going? What is your name?”.

Como suele ocurrir cuando uno viaja, en 24 horas nos hemos hecho inseparables de nuestros compañeros de viaje. Cenamos juntos en un restaurante de Hpa An. Es un banquete: anguila frita con coliflor, pollo con setas y coliflor, verduras en salsa de ostras con coliflor. Ahora me acuerdo de los camiones que habíamos visto por la mañana descargando suficientes coliflores para abastecer a un país entero. Acompañamos la cena con cerveza Myanmar y, cuando las reservas del restaurante se agotan, pasamos al bar de enfrente para seguir bebiendo allí. Nos despedimos de nuestros amigos con abrazos y promesas de estar en contactos y volvemos a nuestro armario de habitación, donde dormimos como lirones.

Salimos el día siguiente con destino a Moulmein. Es un viaje en barco por las plácidas aguas del Than Iwin. El barco es un plafón de madera con unas sillas de plástico encima. Una hoja de plástico nos protege del sol. Pero el río es como un espejo y consigo ponerme de pie en la proa. Sin nada que se interponga entre mí y el agua, me siento como Hanuman, flotando en mi nube sobre campos de arroz y maicena, entre pagodas y búfalos. Las horas pasan, el sol empieza a bajar hacia el horizonte, y de repente aparece el puente de hierro sobre el Than Iwin que señaliza nuestra llegada a Moulmein. No puedo evitar sentir cierta emoción al llegar a esta ciudad donde nació mi bisabuela hace 120 años. La imagino un siglo antes mirando al río desde la gran pagoda, quizás fumando un cheroot, y pensando….

Moulmein hoy destaca por su decadencia. Es una ciudad sucia. No parece existir un sistema de recogida de basuras y los vecinos tiran sus residuos en bolsas de plástico directamente al río. Tendrán otras prioridades, por supuesto, pero no puedo evitar pensar que están haciendo un flaco favor a los intentos de desarrollar el turismo. Hay muchos edificios coloniales. Una iglesia anglicana que si no fuera por su estado de abandono no quedaría fuera de lugar en un pueblo del campo inglés. Nuestro hotel también es un viejo establecimiento colonial en el barrio de Kyauk Tan. Curiosamente, este es el nombre de mi tatarabuelo, un mercante chino que procedía del estrecho de Malacca, y no puedo evitar pensar que a lo mejor el ayuntamiento puso su nombre como homenaje a un hijo predilecto. O quizás es un nombre muy común. Las habitaciones del hotel  impresionan por sus enormes dimensiones, suelos de mármol, puertas de madera talladas y un olor a moho que impregna todo.

La ciudad no ofrece grandes posibilidades al turista y, paseando al lado del río, nos alegra mucho volver a encontrarnos con Nicolás. Cenamos juntos al mar. Nicolás quiere probar la típica comida callejera de Birmania, una especie de fondue con una olla caliente donde se meten pinchos de despojos de cerdo. No es para mí, y opto por un pescado, tan frito que uno puede (y debe) comerse la carne, las espinas y la cabeza. Las ciudades provinciales de Birmania carecen de iluminación callejera, y bajo las estrellas, con la desembocadura del Than Iwin de fondo, nos fijamos en un grupo de travestis en la mesa de al lado que nos invitan con sus ojos. Les sonreímos, agradecidos por la atención, y se ríen entre ellas. Nicolás nos cuenta como un joven birmano le había preguntado unas horas antes si le gustaba “el sexy” y malinterpretando los gustos de este cosmopolita pero indudablemente heterosexual italiano, había ofrecido ser su novia para una noche.  Da la impresión que Moulmein es una ciudad decadente pero permisiva, demacrada pero orgullosa. La Habana de Asia.

Nuestra última parada en Birmania es Rangún y llegamos allí desde Moulmein en un autobús del año del catapum. Paso seis horas en un asiento roto, el tapizado de terciopelo impregnado de escupitajos de betel, medio reclinado con las piernas encima de cajas de cerveza.

Nos aseguraron que era un autobús Vip, supongo que para justificar el precio. Por lo que hemos visto en la carretera, no dudo que para muchos birmanos sea un vehículo de lujo, con cristales en las ventanas y una puerta que cierra.

En un descanso en el camino, vuelvo a experimentar con la comida de carretera. Puedo con el curry de pollo, aunque de carne sólo encuentro órganos, la cresta y algún conducto con aros de cartílago. Me pregunto qué pasa con la carne del ave, y la imagen de los supermercados occidentales llenos de bandejas con cuartos traseros y pechugas hace la respuesta tan incómoda como evidente. El arroz blanco se vuelve interesante gracias a una cucharada de balaucheung, una pasta de gambas fermentada con ajo y guindilla, una de las favoritas de mi padre. Al masticarlas, las espinas de pescado disecadas son sabrosas y saladas. Lo único que me revuelve el estómago es un curry sin identificar cuyo sabor se encuentra a medio camino entre el de un cadáver y el de una cloaca. Creo que ha sido un problema de conservación más que una especialidad del cocinero, y escupir a tiempo me salva de daños mayores.

Entramos en los suburbios de Rangún y me quedo boquiabierto. La ciudad ha cambiado tanto en sólo siete años: torres de pisos de lujo dominan el skyline y las carreteras elevadas de tres carriles te llevan directamente al centro de la ciudad. La ciudad está llena de coches nuevos. El Rolls-Royce de Hpa An no quedaría fuera de lugar aquí. Hay obras en todas partes. Me da la impresión de que en pocos años esta ciudad va a ser como Bangkok.

Mike, el taxista nos habla en un inglés perfecto de la velocidad de los cambios y la corrupción endémica. Habla de Aung San Su Kyi y de la reticencia de los militares a ceder poder. Presumo de una tenue conexión a Aung San, el padre de Daw Suu Kyi. Aung San era un alumno rebelde de mi abuelo en los años treinta. Fue el artífice de alianzas con los japoneses y los ingleses y lideró el país hasta las puertas de la independencia antes de ser asesinado en circunstancias aún sin esclarecer. Llegamos a nuestro hotel y Mike se pone a nuestra entera disposición, pero como solo nos queda una noche aquí, le contratamos únicamente para llevarnos al aeropuerto la mañana siguiente.

El objetivo real en venir a Rangún es para ver de nuevo la pagoda de Schwedagon, construida hace más de dos milenios para dar cobijo a cuatro reliquias de los budas. Es uno de los edificios religiosos más impresionantes del mundo. Mide 100 metros y su cúpula está cubierta por toneladas de oro. Una pieza de orfebrería de 1800 quilates de diamantes coronar la estructura. Llegamos al Shwedagon de noche. Iluminado es la mejor manera de verlo. Elegimos la entrada del norte y subimos a la explanada con ayuda de una escalera mecánica, una concesión al progreso poco atractiva. Pasamos horas hipnotizados bajo tan impresionante obra. Como manda la tradición, buscamos los budas que nos corresponden por nuestros días de nacimiento, yo el dragón del martes, Loren la serpiente del sábado. Echo agua de más por mi abuela, también nacida un martes. A buen seguro, ella estuvo aquí. ¿Cuándo? ¿En qué circunstancias? Vuelvo a echarla muchísimo de menos.

El ruido de nuestros estómagos nos despierta del trance que induce el Schwedagon, y bajamos de nuevo al nivel de la calle. Encontramos un restaurante maravilloso en una antigua casa de teca y, sentados en el jardín, disfrutamos de una magnífica cena: pollo al estilo Mon con tamarindo, lentejas con cúrcuma fresca, un guiso de garbanzos y verduras y una ensalada de flor de plátano. Es una agradable sorpresa la botella de Mountain Estate Shiraz Tempranillo de la región de Shan, cerca del lago de Inle. Después de cenar, pasamos por las calles de la zona diplomática de Rangún hacia nuestro hotel y, aun sabiendo que no es así, sentimos que todo sucede para bien en este, el mejor de los mundos posibles.

Stephen Anderson

2017-03-14T18:20:16+00:00 Marzo 6th, 2014|